Una lección de vida
—Así es la cosa, mi estimado.
Borzone se tocó la barbilla. Y volvió a enarcar las cejas escéptico.
—Es que.. —dijo— cuando uno está enamorado…
—El enamoramiento, Borzone… —Reiner había recobrado su tono neutro y doctoral, de mirada vaga—, es un noventa y cinco por ciento de calentura. Tenga en cuenta esos porcentajes. Y a toda esa calentura le sigue un enfriamiento. Eso es histórico. Al mismo planeta Tierra le ocurrió eso, es un proceso físico.
—Pero, en este caso, Profesor… —se animó Borzone—, se imaginará que tanto mi novia como yo no llegamos vírgenes al matrimonio.
—Los dinosaurios desaparecieron con dicho enfriamiento.
—Ni tampoco llegamos sin saber cómo pueden resultar las relaciones sexuales entre nosotros. Aquellos tiempos de llegar vírgenes al matrimonio, creo, han quedado en el olvido.
—Grandes animales los dinosaurios.
—Por lo tanto, no pienso que sea sólo una cosa de calentura como usted dice.
Reiner aspiró una pitada larga de su cigarrillo.
—La calentura, Borzone —pontificó—, es un recurso natural no renovable, como el petróleo. Anótelo en algún cuaderno: Recurso Natural No Renovable… ¿Cuánto hace que conoce usted a esta señorita?
—¿Mi novia? Más de un año.
—Más de un año. Una nimiedad en el permanente devenir del cosmos, Borzone… —alertó el Profesor—. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez a la cancha?
—Sí… —vaciló Borzone, confuso y sorprendido por el cambio de tema—. Jugaban Central y Gimnasia, creo. No soy muy fanático del fútbol.
—Muy bien. Pero se acuerda. ¿Usted recuerda cuándo fue por primera vez al Hollywood Park?
—¿A dónde?
—Perdón, a un parque de diversiones…
—Sí…Yo tendría cinco años, me llevó mi viejo a un parque muy rasca de Pellegrini y…y..
—Y Vera Mujica.
—Y Vera Mujica.
—Siempre paran ahí. Muy bien. ¿Usted se acuerda, Borzone, de la segunda vez que fue a la cancha?
—N… no… Pero, le dije, no soy muy fanático.
—No importa, no importa. Con seguridad no recuerda cuándo fue por segunda vez a la cancha, ni por tercera ni por quinta. Como tampoco recordará cuándo fue por octava vez al parque de diversiones. ¿Por qué? Porque hay una primera vez que se recuerda porque fue la primera. Después vienen la segunda, la tercera, la octava, la trigésima novena, la mil, el infinito, la nada. Para eso inventaron los números los chinos, Borzone. Para saber cuántas veces se acostaban con sus mujeres. Chinas, por cierto. Después, uno deja de contar, amigo mío. Se cansa, se olvida. A menos que usted se tome el trabajo de ir haciendo marcas en la pared, como los presos. No hablemos de un año y pico, como usted me dice. Hablemos de ocho años, de quince años, de veinticinco años, Borzone. Hasta el momento en que usted descubre que, antes de acostarse con su mujer entrañablemente querida, prefiere acostarse con esa módica y mediocre señorita que está pasando por allí enfrente, obsérvela, por la vidriera de la sandwichería.
[...]
- Escuchemé Borzone [...] La base del matrimonio, es la infidelidad. [...] Sin la infidelidad, Borzone – prosiguió Reiner- el noventa y nueve por ciento de los matrimonios volaría en pedazos a los pocos años de convivencia. Sin esos escapes de presión, sin esos paseos, minúsculos tal vez, por las regiones de la variedad y el cambio, ningún hombre, al menos, soportaría la rutina y el aburrimiento. Sin estos atisbos de libertad, sin esos engaños, esos remedos de independencia, nadie podría aguantar la repetición, los días calcados, la cadena de montaje.
fragmentos del cuento “Una lección de vida” de Roberto Fontanarrosa
junio 21, 2010 at 9:32 pm
Compa: Muy bueno el texto de Fontanarrosa. En cualquier momento te lo copio en mi blog.
Salú!
junio 22, 2010 at 7:24 pm
estoy empezando a descubrir los fabuloso que era Fontanarrosa!
Dale! yo tengo que agregar más links al blog y te agrego el tuyo!
Salud!